domingo 19 de julio de 2009

Neurociencias y Psicoanálisis ¿Unidos por la plasticidad neuronal?

Decía Freud que en lo que llamamos nuestra psíque (mente) nos son conocidos dos términos:


1. El órgano dónde se producen dichos procesos psíquicos (el Sistema Nervioso y sus diferentes procesos orgánicos).

2. Diferentes producciones de la vida psíquica (o actos de conciencia).


Aunque sabemos que existe una relación entre estos dos puntos, aún estamos lejos de saber cómo se produce.

La realidad neurobiológica, y las producciones de la vida psíquica presentan características heterogéneas, y relacionar campos como el Psicoanálisis (disciplina que se dedica al análisis de los hechos psíquicos) y la Neurociencia (disciplina que se dedica al estudio del cerebro) ha sido históricamente un tema muy conflictivo, dado que cada disciplina conduce a preguntas diferentes, que implican campos y métodos sin parentesco alguno.


Estos campos, al tener sus planteamientos, principios, métodos y lógicas propios, frecuentemente se han aferrado cada uno sus posturas, viendo la realidad en muchas ocasiones de manera sesgada y reduccionista.

Los neurocientíficos se preguntaban por la etiología biológica de las enfermedades mentales y buscaban el camino hacia una molécula salvadora.

Los psicoanalistas, por otro lado, rechazaban frecuentemente las neurociencias para defender sus propias concepciones.

Parece haber sido descubierto un fenómeno que podría poner en común estos dos campos de conocimiento.


El descubrimiento neurobiológico de la plasticidad neuronal nos demuestra que la experiencia deja una huella en la red neuronal, al tiempo que modifica la eficacia de la transferencia de la información a nivel de los elementos más finos del sistema, modificando las conexiones neuronales de forma permanente, y estableciendo cambios tanto estructurales como funcionales.

Este descubrimiento nos muestra que el cerebro no es estático.


La postura de un cerebro determinado y determinante, con una organización fija de redes de neuronas, y unas conexiones establecidas al final del desarrollo temprano queda invalidada.

La plasticidad nos dice que nuestro cerebro es un órgano extremadamente dinámico, y en permanente relación tanto con el medio ambiente como con los hechos psíquicos o los actos del sujeto.


Las redes neuronales permanecen abiertas al cambio y a la contingencia modulable por la experiencia, que siempre las va modificando.

Y lo más importante, la plasticidad permite demostrar que el individuo es único e imprevisible gracias a la suma de sus experiencias, más allá de su configuración genética.

La plasticidad cerebral parece demostrar que cada sujeto es único psíquicamente hablando, tal y como defiende también el psicoanálisis.

Si se admite el concepto de plasticidad, las neurociencias deberían cambiar radicalmente sus planteamientos, y concebir una causalidad psíquica capaz de modelar lo orgánico, que destruiría por fin la pasada división entre estas dos entidades.


Habitualmente se consideraba que entre el genotipo (nuestro ADN) y el fenotipo (la expresión de dichos genes) operaba la incidencia de la experiencia y el impacto del ambiente, y que se trataba de una interacción que modulaba la expresión del genotipo.

El modelo de la plasticidad da una importancia superior al ambiente, considerando que la expresión fenotípica se basa en una integración compleja entre una determinación genética y otra ambiental o psíquica.


Las Neurociencias debieran quizá encontrar en el Psicoanálisis un apoyo para orientarse en la emergencia de lo único, ubicado en el seno de los mecanismos biológicos generales descubiertos.


¿Cabría entonces la posibilidad de relacionar Neurociencias y Psicoanálisis a partir del concepto de plasticidad?

A pesar de ser campos heterogéneos, es posible relacionar Psicoanálisis y Neurociencias a partir del modelo de la intersección, es decir, desde un marco donde ambos campos respeten sus diferencias pero se esfuercen en establecer lazos comunes, afectándose recíprocamente.

jueves 14 de mayo de 2009

La carta

- ¿En serio? - exclamó la señora, incrédula.

- Pues eso, Encarna, que te ha tocado la lotería.

- Dios Santo Celestial y todos los ángeles del cielo, oh San Pedro Apóstol, ¡Gracias!

- Sé que llevas tiempo diciendo que necesitabas que te pasara algo así, y yo mismo seré el que te dé en la mano tu premio.

- Vale, pero ¡no digas nada todavía! Quiero que sea una sorpresa.

Encarna decide, al conocer tan buena noticia, hablar con el ser al que más aprecia, su hijo Ricardo.
Pero antes coge los pocos ahorros que tiene y decide acudir a su restaurante favorito, aquel restaurante tan caro donde su esposo Juan le pidió matrimonio tantos años atrás.
Se viste con sus mejores ropas, y coge ese aparato para ella tan extraño, el teléfono móvil que le regalaron, que nunca había utilizado.
Es la única manera que tiene para hablar con él.
Allí en el restaurante, pide su plato favorito, y mientras lo preparan, decide llamarlo.

Supone la buena mujer que está trabajando, aunque no está del todo segura. Para comprobarlo, con gran esfuerzo, logra encontrar el número de su hijo.
En tan extraño artilugio le llama, pero no obtiene respuesta. Y repite la llamada dos, tres, cuatro, cinco veces, sin lograr su propósito.

La señora, persistente en lo que llevaba pensando hacer durante tantos meses, decidió que ese era el momento justo.
Al haberle tocado la lotería, y no poder hablar con él, le escribe la siguiente carta, que dice así:

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“Ricardo, hijo mío, que saliste de mis entrañas, me voy. No es un viaje como los que tú sueles hacer alrededor de Europa, de esos en los que tu mujer se queja creyendo que la mientes.
Yo no creo que lo hagas. Tú nunca lo hiciste conmigo. Fuiste criado bien, con amor, aunque si hay algo que nunca me gustó de ti fue tu excesiva sinceridad.

Sabes que cuando tu padre murió quedé sola, y te pedí ayuda. Tú sé que con buenas intenciones me comentaste que si yo así lo quería te mudarías a casa con tu mujer y tu hijo.

Yo sé que tu no podías con la hipoteca, así que yo ganaba y tu también, todos contentos. Por consejo tuyo, puse tu nombre en las escrituras, y fantaseé contemplando la posibilidad de vivir todos juntos, en familia.

Intentaste que fuera así, lo intentaste, estoy segura que sí. El trabajo a veces no te deja vivir, pero tú siempre me quisiste.

Aunque, definitivamente creo que no supiste ver que necesitaba más que caras fingidas y muchas pastillas, ¡necesitaba sentirme útil!

A veces pienso que ese es el único objetivo de nosotros, la gente vieja, ayudar a otras generaciones. Pero en vuestra eterna sabiduría, apenas alguno de vosotros, la gente más joven, nos pregunta nada, pues en la cultura del materialismo y la estética, que pueden decirnos estos arrugados, débiles, inservibles y enfermos seniles.

No entendiste que yo sólo quería ayudarte en tu matrimonio, y cuidar de tu hijo. Sin entender esto, me mandaste a una residencia, donde conocí a mucha gente con el mismo problema. Según me dijeron, sus familias tampoco les hacían caso, no los querían, y eran una carga para ellos.

¡Qué equivocada estaba en ese entonces, claro que me querías!

Cuando sucedió mi primer infarto viniste a verme, incluso volvimos a vivir en casa, con todos.

Pero, desde que he vivido aquí estos últimos años, las cosas no han salido tan bien. Tu mujer ya no te quiere, estoy segura, y tu hijo te tiene miedo.

Yo creo que tu problema ha estado en no escucharme. Siempre he querido lo mejor para ti, y tú, pensando que tenías la razón, cabezota como siempre, me has chillado, incluso has llegado a pegarme. Pero has de saber Ricardo, que el daño que me has hecho no es físico, sino es un daño mucho más grande, un daño en el alma.

Espero que llegado el momento reflexiones algunas cosas acerca de tu percepción del mundo. Intenta hacerme caso, porque, aunque no te lo creas, el amor de una madre es una de las representaciones de amor más grandes que la vida te puede mostrar.

Espero que escapes de tu mundo de plastilina y veas cómo se construye de veras este mundo, y qué es lo que realmente importa. Eres un chico muy listo, seguro que lo conseguirás.
Para despedirme, quiero decirte que, a pesar de todo, te he querido como poca gente lo podrá hacer, y siempre te querré.

Eres la persona más importante para mí y así quiero que quede plasmado en esta carta.

Ahora te tengo que dejar, me ha tocado la lotería, y ya está al llegar mi regalo más preciado.

Tu madre, que te quiere

Encarna."
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Encarna, contenta de sacar todo lo que adentro había guardado, tomó su comida, y volvió a casa.
Saludando a su introvertido nieto, y observando su mirada cómplice, dejó la carta en la mesa y se tumbó aliviada en la cama, donde Andrés, adolescente ya, le tenía preparado su brebaje.

¡Adios abuela! - dijo entrecortadamente, incapaz de contener las lagrimas.

¡Adiós mi niño, te quiero!

lunes 16 de marzo de 2009

Pastillas para olvidarse

Un grupo de científicos de la Universidad de Ámsterdam afirma haber desarrollado un medicamento que elimina los malos recuerdos. El estudio se ha realizado con 60 voluntarios, y está avalado por la revista Nature Neuroscience.

El horizonte de posibilidades terapéuticas de este nuevo fármaco es casi infinito. Esposas engañadas que olvidan la infidelidad de sus maridos, soldados que dejan de soñar con el campo de batalla, pecadores que absuelven sus propios pecados, y asesinos arrepentidos que se liberan, por fin, de sus crímenes. Si aprendemos a borrar el dolor, pronto superaremos también la culpa y la vergüenza, y no tardaremos en olvidar el perdón, ese concepto tan demodé en la era de los daños colaterales.

Habrá quien se haga adicto, yonkis de felicidad con mono de olvido. Vivirán sin pena alguna, sin rastro de melancolía, con un pasado parcial pero sumamente feliz. Y, cuando esas pastillas se comercialicen, las enviaremos también a África, para que se olviden del SIDA y de las guerras civiles, para que borren de una vez su negra Historia de violencia tribal y colonialismo salvaje.

Ojalá esas píldoras entren por la Seguridad Social. Así podremos acudir a nuestro médico de cabecera y soltarle: hola, buenas, me duele el pasado, sobre todo por las noches. No pasa nada, tómese una de éstas antes de comer y, para el postre, tendrá su vida como nueva.
Borraremos la muerte de nuestros familiares, adiós a los amigos perdidos, olvidaremos enfermedades y discusiones, se perderá aquel grito, aquel portazo, borraremos la mitad de nuestra vida, pero aún nos quedará la otra media. Y será hermosa.

Nos espera un futuro tan radiante que no puedo esperar a que llegue. Adiós, dolor. Hola, mentira.

sábado 21 de febrero de 2009

El patio de mi casa es particular

Con una taza de café caliente en la mano, me limito a no pensar.
Los rayos del sol de la mañana me acarician tímidamente, sumiéndome en un estado agradable.
Mientras el ritmo de respiración va bajando, me voy perdiendo, me abandono al sonido del viento, de diferentes cantos de pájaro con su tono incansable, del ladrido de perros lejanos...
No hace ni frío ni calor.
El mismo aire que respiro parece contener una pureza de la que ya no tenía recuerdos.
Vagamente, el aroma del café se va agotando...
Las plantas que me rodean me observan impasibles, parece que sonríen despreocupadas.
Plantas de todo tipo, con hojas largas y cortas, con espinas y sin ellas, grandes y pequeñas, tiñendo mi vista de colores suaves.
Tanto ellas, como el sonido y el frescor matinal, parecen haberse fundido en una sóla cosa, formando una fuerza bella y oculta, que al serme mostrada me proporciona una sensación de bienestar que, gracias a ella, mi conciencia me susurra que mereció la pena volver a casa. Hacía tiempo que no me sentía así.
El café se acabó, y el levante viene con fuerza. Parece que estuvo esperando que terminara.
Un saludo.

PABLO

viernes 2 de enero de 2009

Daño del castigo en niños

Estudio sobre el daño que provoca en los niños el castigo

FUENTE: www.ecobachillerato.com

Para muchos padres está claro que el antiguo dicho “la letra con sangre entra” no corre en estos tiempos. Sin embargo, la gran mayoría no sabe que además del evidente repudio al castigo físico, distintos estudios han comprobado que el castigo en general es perjudicial para los niños y lo más increíble de todo, totalmente ineficaz.Según estudios hechos en Chile, 1 de cada 6 niños sufre algún tipo de violencia por parte de sus padres, incluyendo castigos físicos y verbales, y de ellos la mayoría asume como algo razonable que así sea. Sin embargo, para la connotada psicóloga infantil de la Universidad Católica, Neva Milicic, “es un gran error aplicar cualquier tipo de castigo a los hijos, porque provocan daños importantes en su desarrollo. El problema está en que los padres creen que está bien castigar y decirle al hijo ‘como te sacaste malas notas no vas al cumpleaños de tu amigo’, y no saben que no sólo eso es dañino para los niños, sino que además no sirve de nada, porque los castigos no son efectivos”.
El riesgo de castigar
En Estados Unidos, distintos investigadores han concluido que los estilos parentales coercitivos -es decir, aquellos padres que utilizan el castigo como una forma de educar a sus hijos- se relacionan con conductas de violencia y desadaptación cuando los hijos son preadolescentes y adolescentes. Como señala Neva Milicic, “los hijos de padres estrictos, también denominados Harsh Parents por las corrientes de investigación norteamericanas, tienen una gran probabilidad de presentar problemas conductuales y una marcada tendencia a involucrarse en conductas de riesgo”.Según explica, los padres castigadores y estrictos tienden a ser muy exigentes y al mismo tiempo muy poco sensibles a las necesidades de los niños. “En general los papás autoritarios son menos nutritivos para sus hijos, y eso acarrea consecuencias muy importantes en la vida de ellos”, iindica.En general, los niños criados en el estilo autoritario son más tímidos y tienen una autoestima más baja en relación a los menores que han crecido en ambientes más amorosos y acogedores.
Estrés y castigo
Gracias a las intensas campañas contra la violencia intrafamiliar y el maltrato infantil, los padres están mucho más conscientes del daño que provoca en los niños. Por eso mismo, muchos evitan castigar físicamente a sus hijos pero a cambio los sancionan privándolos de salir a jugar, de ir a un cumpleaños o de ver televisión. Incluso, en opininión de Neva Milicic, “hay literatura muy difundida entre los padres que avala el castigo y el estilo coercitivo para sancionar a los hijos cuando no han respetado una norma impuesta por sus padres”. Para la psicóloga, “este aumento del castigo está muy influenciado por el alto nivel de estrés al que están sometidos los padres. Muchos llegan a las ocho de la noche a la casa, tan cansados, que tienen un nivel muy bajo de tolerancia para atender a los hijos. Eso hace que ante cualquier error de los niños los padres sobrerreaccionen y los castiguen más de la cuenta”.A su juicio, el estrés de los padres hace que muchas veces ocupen términos inapropiados para llamar la atención a sus hijos, y eso puede ser demoledor del auto-concepto del niño. Por eso es importante dialogar sin violencia, y al momento de sancionar no referirse al sujeto sino a la acción, es decir, los papás no pueden decirle a sus hijos ‘eres mentiroso’, porque lo indicado es que le digan ‘es muy malo mentir’.
La alternativa al castigo
En el libro “A ser feliz también se apren-de”, de Neva Milic, la psicóloga explica que los padres deben tener claro que para educar y enseñar a los hijos no es necesario castigar; aunque si es importante que los niños aprendan que sus conductas tienen consecuencias y que debe tener alguna sanción frente a los problemas que crea. Como se indica en el libro, “si un niño rompe intencionalmente una planta (no accidentalmente), la mamá puede expresarle su pena y decirle: “Me da mucha pena que hayas roto mi planta y quisiera que aprendieras a cuidarla conmigo. Anda un rato a tu pieza mientras yo ordeno, y tú reflexiona un poco, y después buscaremos una manera de hacer una plantita nueva”.El objetivo es que los niños aprendan por las consecuencias naturales de sus conductas. En lo posible, explica Neva Milicic en su libro, “apenas esté en edad de hacerlo, hay que preguntarle cómo podría arreglar la situación en que ha fallado y cómo podría evitar que le sucediera en el futuro”. La diferencia, como explica la profesional, “es que en el castigo el niño paga su culpa, pero no hace propósitos para el futuro ni repara su falta. La idea es que no hagan las cosas por miedo, porque eso pierde su efectividad en cuanto la persona que ejerce el castigo desaparece”.
"Privación de privilegios"
Cuando los niños tienen claro cuál es el tipo de conducta que sus padres esperan de ellos, es importante que entiendan que deben cumplir con ellas. Por ejemplo, si un niño sabe que debe hacer sus tareas entre las cuatro y las cinco de la tarde y no las hace porque a esa hora prefirió jugar al computador, tendrá que hacerlas a las seis o a las siete, aunque a esa hora estén dando su programa favorito. Esto es lo que se conoce como privación de privilegios, que a juicio de Neva Milicic es muy distinto al castigo.Esta privación de privilegios no es más que la consecuencia que el niño provocó, porque si hubiera hecho su tarea en el momento debido, podría haber visto sin problemas su programa de televisión. Según las últimas investigaciones esta es la medida más efectiva, porque conduce a la autodisciplina, que debería ser la meta de todo sistema educativo.Según explica la psicóloga, para enseñar a los hijos a ser disciplinados, a obedecer, a respetar y a cumplir con lo que se espera de él, es fundamental que los padres promuevan normas y límites democráticos, y a enfrentar los errores que cometan con tranquilidad y cariño.

viernes 8 de agosto de 2008

El modelo educativo actual, puente a la ignorancia, la competitividad agresiva y la frustración emocional, un bache para la felicidad del ser humano

Mi entrada de hoy se basará en una crítica necesaria al modelo educativo imperante.


Escuchar al profesor dar clase sobre lo que él sabe, más que sobre lo que a ellos les puede interesar y necesitan aprender para situarse más tarde en la vida.

Encerrados en su pupitre y rodeados de una cantidad de compañeros excesiva, así conviven alumnos de la misma edad, con el objetivo de desarrollar exactamente las mismas aptitudes.

El modelo educativo se impone a los alumnos, un modelo cerrado que crea unas condiciones competitivas extremas y difícilmente soportables, condiciones que sin pensar muy profundamente, probablemente todos los que leáis esto hayáis padecido.

Los niños se comparan constantemente unos con otros. La cooperación en el apoyo emocional, la división de tareas y la colaboración es algo que parece que hace tiempo se extinguió, si alguna vez existió.

Lo único que el modelo educativo consigue es que todos sirvan para lo mismo, llevan a cabo tareas idénticas; no aportan nada específico al grupo, ni desarrollan sus cualidades personales, ni valoran su propio aprendizaje, y compiten por la atención del mismo profesor. Si se pretende formar adultos que sepan colaborar, éste es el peor sistema posible.

Comparándose los chavales amoldan sus conceptos y elaboran su criterio en materias de normalidad y éxito.

De entrada, según estudios psicológicos recientes, hemos sabido que una de las causas de infelicidad en adultos se debe a la manía de compararse con los demás, una manía que sólo genera frustración e inseguridad.

La situación está degenerando tanto que la comparación agresiva en el terreno académico (también existente e igualmente negativa), desencadenada por las evaluaciones idénticas a todas las personas, suponiendo lo erróneo, que todos tenemos la misma capacidad y el mismo tipo de cualidades, está perdiendo peso frente a otro tipo de comparaciones más personales e innecesarias, que desgraciadamente están suponiendo la creación paralela de una cantera de valores negativos en el propio centro e impulsada por los alumnos, cantera nacida por el hastío actual que poseen los adolescentes al “colegio” o al “instituto” y por la clara falta de valores de la sociedad actual, desencadenada por el desmoronamiento de las estructuras sociales y religiosas, que hasta hace poco indicaban cuál era su lugar en el mundo.

Esta cantera de valores negativos los “infecta” con valores que generan infelicidad a unos niños que pagarán en un futuro próximo su comportamiento negativo, su percepción errónea del mundo, y en definitiva unos ideales de vida en cuya mayoría los conducirán a la violencia, la delincuencia, o depresiones.

Para terminar, sólo evitar las evaluaciones académicas no impedirá que el niño viva en un ambiente competitivo. Los niños, cansados de estas evaluaciones, y desinteresados por la oferta educativa, han creado su propio mundo competitivo basado en unos valores marcados de violencia y comparaciones personales.

Para mejorar un poco, habría que cambiar las bases del propio sistema. Es necesario idear un sistema educativo capaz de fomentar los valores de colaboración, y destruir todo lo antiguo y obsoleto. Esto solo se conseguirá si los niños llegan a confiar en el resto (alumnos, profesores, sistema…), y que ellos vean que para un buen futuro, les resultará más beneficioso colaborar que competir.

martes 15 de julio de 2008

Las limitaciones del cerebro

El tema de hoy tratará sobre el límite de este misterioso complejo orgánico llamado cerebro.

El ser humano, desde un punto de vista egoísta y prepotente de querer diferenciarnos del resto de animales, siempre ha denominado nuestro cerebro como algo “singular”. Es más, ha sido llamado incluso “la máquina perfecta del Universo”.

Esto, lógicamente, no es así.

La langosta, por ejemplo, tiene el esqueleto fuera y la carne dentro. Sin embargo, en el ser humano pasa lo contrario, tienen el esqueleto y el cerebro en el interior y la carne en el exterior. Por ello, nuestro cerebro está absolutamente a oscuras.

Su única vía de funcionamiento es elucubrando qué ocurre en su exterior, es decir, interpretando, mal que bien, los mensajes codificados que le llegan a través de los ojos (que pueden estar plagados de defectos oculares), los oídos (que pueden estar plagados de otitis), y las células gustativas deterioradas y forzadas a recurrir a las células olfativas, para definir el sabor de las cosas.

En estas condiciones, a nadie debería extrañar que las elucubraciones del cerebro magnifiquen o subestimen la realidad exterior, con el consiguiente impacto negativo sobre las emociones y las conductas del individuo. Según palabras de Richard Gregory, “el cerebro no busca la verdad, sino que elucubra para sobrevivir”.

Llegados hasta aquí, no es extraño que cuestiones la capacidad del cerebro para acumular y recordar toda la información necesaria para formarse una idea cabal de todos y cada uno de los hechos que se originan en el exterior a lo largo de toda la vida.

Hay quien admite, resignadamente, que, ante la imposibilidad de gestionar toda la información disponible y necesaria para calibrar un hecho, un personaje o un proceso, el cerebro opta por conceptualizarlos en modelos abstractos.

Entonces, frente a una realidad inabarcable en toda su extensión, según Semir Zeki, profesor de neurobiología de la Universidad de Londres, el cerebro crea modelos abstractos y perfectos de la casa, el hombre, la mujer o el coche ideales, que contrastan con la trivialidad de la vida cotidiana.

Como es de esperar, la comparación pocas veces resulta halagadora para la cosa, el individuo o el proceso individual en cuestión, ya que nunca llega a aproximarse del todo al modelo abstracto e idealizado.

El resultado es un estado de insatisfacción constante que estaría en la base de la depresión generalizada.

Referencias

Eduardo Punset: “El viaje a la felicidad”.

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