Decía Freud que en lo que llamamos nuestra psíque (mente) nos son conocidos dos términos:
1. El órgano dónde se producen dichos procesos psíquicos (el Sistema Nervioso y sus diferentes procesos orgánicos).
2. Diferentes producciones de la vida psíquica (o actos de conciencia).
Aunque sabemos que existe una relación entre estos dos puntos, aún estamos lejos de saber cómo se produce.
La realidad neurobiológica, y las producciones de la vida psíquica presentan características heterogéneas, y relacionar campos como el Psicoanálisis (disciplina que se dedica al análisis de los hechos psíquicos) y la Neurociencia (disciplina que se dedica al estudio del cerebro) ha sido históricamente un tema muy conflictivo, dado que cada disciplina conduce a preguntas diferentes, que implican campos y métodos sin parentesco alguno.
Estos campos, al tener sus planteamientos, principios, métodos y lógicas propios, frecuentemente se han aferrado cada uno sus posturas, viendo la realidad en muchas ocasiones de manera sesgada y reduccionista.
Los neurocientíficos se preguntaban por la etiología biológica de las enfermedades mentales y buscaban el camino hacia una molécula salvadora.
Los psicoanalistas, por otro lado, rechazaban frecuentemente las neurociencias para defender sus propias concepciones.
Parece haber sido descubierto un fenómeno que podría poner en común estos dos campos de conocimiento.
El descubrimiento neurobiológico de la plasticidad neuronal nos demuestra que la experiencia deja una huella en la red neuronal, al tiempo que modifica la eficacia de la transferencia de la información a nivel de los elementos más finos del sistema, modificando las conexiones neuronales de forma permanente, y estableciendo cambios tanto estructurales como funcionales.
Este descubrimiento nos muestra que el cerebro no es estático.
La postura de un cerebro determinado y determinante, con una organización fija de redes de neuronas, y unas conexiones establecidas al final del desarrollo temprano queda invalidada.
La plasticidad nos dice que nuestro cerebro es un órgano extremadamente dinámico, y en permanente relación tanto con el medio ambiente como con los hechos psíquicos o los actos del sujeto.
Las redes neuronales permanecen abiertas al cambio y a la contingencia modulable por la experiencia, que siempre las va modificando.
Y lo más importante, la plasticidad permite demostrar que el individuo es único e imprevisible gracias a la suma de sus experiencias, más allá de su configuración genética.
La plasticidad cerebral parece demostrar que cada sujeto es único psíquicamente hablando, tal y como defiende también el psicoanálisis.
Si se admite el concepto de plasticidad, las neurociencias deberían cambiar radicalmente sus planteamientos, y concebir una causalidad psíquica capaz de modelar lo orgánico, que destruiría por fin la pasada división entre estas dos entidades.
Habitualmente se consideraba que entre el genotipo (nuestro ADN) y el fenotipo (la expresión de dichos genes) operaba la incidencia de la experiencia y el impacto del ambiente, y que se trataba de una interacción que modulaba la expresión del genotipo.
El modelo de la plasticidad da una importancia superior al ambiente, considerando que la expresión fenotípica se basa en una integración compleja entre una determinación genética y otra ambiental o psíquica.
Las Neurociencias debieran quizá encontrar en el Psicoanálisis un apoyo para orientarse en la emergencia de lo único, ubicado en el seno de los mecanismos biológicos generales descubiertos.
¿Cabría entonces la posibilidad de relacionar Neurociencias y Psicoanálisis a partir del concepto de plasticidad?
A pesar de ser campos heterogéneos, es posible relacionar Psicoanálisis y Neurociencias a partir del modelo de la intersección, es decir, desde un marco donde ambos campos respeten sus diferencias pero se esfuercen en establecer lazos comunes, afectándose recíprocamente.





